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viernes, 20 de marzo de 2009

¿Sería deseable que se pusieran de acuerdo los filósofos?

Parece que no, puesto que semejante ideal conlleva los correspondientes semejantes supuestos nada triviales.

Porque si los filósofos deben ponerse de acuerdo, se postula indirectamente que hay algo concreto sobre lo cual se cerraría tal acuerdo, como, por ejemplo, se hace en la física o la biología. Pero en el campo de la pura razón humana enfrentada al sentido profundo del mundo, ¿ya se ha llegado a identificar y formular una metafísica en grado tal que merezca ser propuesta como base para la unificación de todos los filósofos? No es que sea imposible hacerlo, pero ¿ya se ha logrado en tal grado? Ni de cerca, incluso se ha cuestionado, y no de modo trivial, la legitimidad de la metafísica misma! La pregunta de los negadores de la metafísica es ¿qué sentido hay en hablar de algo que no se presta para observación directa y que, por lo tanto, no se puede dirimir? Pero tal parece que sí, por supuesto, que tiene mucho sentido, y no se queda aquí: es una necesidad de vida o muerte literalmente. De los pensamientos de filósofos ancianos y eventualmente artríticos, incapaces de matar una mosca, salen revoluciones y hasta genocidios.

Negar la metafísica equivaldría a dar por resuelto o por trivial el misterio del hombre, por lo tanto hay infinitamente más soberbia intelectual en el negador de la metafísica que en el filósofo que sostiene -también con ambición intelectual misteriosa- que ella ayudaría a decir cosas provechosas sobre el cosmos. Ante semejante cometido, a Sócrates sólo se le ocurrió decir que en cuanto más sabía, más se daba cuenta de lo poco que sabía, hasta llegar a saber que no sabía nada. Y esta no es sólo una forma de hablar, sino que la exposición más fiel de la realidad...! Y por allí empieza y termina el discurso del filósofo, un discurso que a veces, por la misma soberbia intelectual, se llega a enfermar de las más terribles enfermedades del alma: el escepticismo (la verdad no puede ser conocida), el nihilismo (no hay nada que pueda ser conocido) o el relativismo (la verdad es como a cada quien le parece). Todas estas enfermedades son variantes de una descomunal arrogancia intelectual, creo yo, y son formas de una de las más terribles derrotas del espíritu humano.

¿Acaso no era un acto de soberbia casi infinita la ley establecida por muchos investigadores fracasados, vigente hasta antes de los hermanos Wright, de que "nada más pesado que el aire podía volar"? A quien hace semejantes afirmaciones sobre imposibilidades absolutas tal vez haya que decirle -no sin riesgo de caer en el mismo vicio- que su pequeña mente y su pequeño corazón no son la medida universal de las cosas para todos los seres humanos. Que si él no puede no es porque objetivamente no se pueda hacer...! Hombre...!

Si un filósofo cae en cuenta que no puede descubrir la verdad del mundo (debió haber leído a Sócrates antes de proponerse tal cosa), o cree que no hay nada descubrible o que da igual lo que se descubra por cada uno, está bien, pero que no pretenda que sus posibilidades intelectuales y su corazón son la medida del universo. Que se retire y que se calle, puesto que no tiene nada que decir, y que deje a los demás seguir con la tarea. Esta sería la actitud más coherente de tales escépticos, ninilistas y relativistas.

Sólo vean esto: si alguien dice que todo es relativo, entonces, también lo que él dice es relativo, y su misma afirmación resulta desmentida, porque si todo es relativo, entonces, necesariamente se sigue que no todo es relativo. Y así...

La verdad acaso deba ser vista como un un ideal -¡el más hermoso!-, al que nos aproximamos incrementalmente; y la unificación debe buscarse en virtudes intelectuales -¡ni siquiera en métodos!- empezando por la honestidad y el amor no utilitario a la verdad.

Si al final llegamos o no llegamos a la meta final de saberlo todo, no importa, siempre y cuando construyamos nuestra seguridad sobre el camino verdadero. Por lo menos ya sabemos de algunos caminos que no son verdaderos, y daremos un giro cuando los letreros que indican rutas en las encrucijadas apuntan hacia regiones muy peligrosas de arrogancia intelectual como el escpeticismo, el relativismo y el nihilismo.

No hemos hablado de las otras autopistas de la arrogancia intelectual, a saber, el vicio contrario que quizá es todavía más peligroso, al menos de modo inmediato: la pretensión de que se puede saber la verdad completa, lo que lleva al fanatismo y al ideologismo homicida. Carlos Marx pretendió haber resuelto la historia definitivamente, muchos le creyeron o creyeron poder hacerlo igual que él sólo dando pequeños ajustes a su doctrina madre, y ya hemos visto los hijos en la Rusia Soviética, la China de Mao, la Cuba de Castro y en tantos otros experimentos donde se sostiene que la historia se realiza totalmente en la Revolución. ¿Por qué los regímenes socialistas inspirados en Marx no le permiten al pueblo elegir opciones diferentes a las de su partido?, pues porque la historia del pueblo ya se ha realizado en la verdad revolucionaria y ya se encuentra en su destino final; ya no tiene necesidad de evolucionar, y si lo hace, sería para perder la verdad universal ya conquistada de modo supremo y definitivo. Pero este es otro capítulo.

2 comentarios:

  1. Alejandro, sólo un saludo. Sobre este tema habría mucho que decir. Quizá ahora, como pista (y no sé si habrá tiempo para más), creo que los filósofos se ponen de acuerdo cuando hay honestidad y cuando se unen en el camino hacia la verdad.

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  2. Muchas gracias por participar al estimadísimo amigo a quien se debe haber aumentado en uno el contador de la banderita de Italia. Nos honra mucho con su participación. Estoy de acuerdo completamente con la pista que nos ha dado. Sí, muy ciertamente, todos los filósofos deberían unirse en honestidad y en el camino a la verdad que, como las antiguas calzadas romanas, llevan al mismo destino, al encuentro con la verdad que o es una o no lo es del todo.

    Lo que divide es la falta de honestidad -que se presenta con muchas variantes- y, por supuesto, el tipo de estima o reconocimiento que se tenga por la verdad. A esta unidad se oponen tanto los escepticismos como las presunciones.

    Ojalá tuviera tiempo para participar un poco más.

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A petición, otra vez, para divertirse un rato