Padres de familia con hijos pequeñitos, por favor, noten lo siguiente.
Se tolera sólo cuando hay algo que tolerar, pero si a uno le parece muy bien que cada quien haga lo que decida hacer, entonces, esto no es tolerancia, sino que relativismo. Y el relativismo es, igual que su extremo opuesto, el fanatismo, un veneno del alma.
¡No demos a nuestros hijos ejemplo de esa tolerancia que se practica hoy, porque los vamos volver locos! ¡No sabrán lo que es bueno y lo que es malo! Si alguien nos cuenta algo moralmente reprochable delante de ellos, digámoslo con toda la boca, "¡eso es malo, es un pecado muy grave!" y, en seguida, después de dejar clarísimo el dolor y la pena enorme que uno siente por esas personas que caen en esos abismos de desgracia moral, sólo entonces, ser tolerante, solidario y compasivo.
Una vez durante una comida con un matrimonio que habíamos invitado a nuestra casa, alguien mencionó algo muy concreto relacionado con prácticas de actos homosexuales en unas personas (el homosexualismo, como tendencia, no es pecado, como no lo es ninguna otra tendencia). Dos de nuestros hijos pequeños estaban en la mesa con nosotros, los otros 4, dos de ellos y 2 nuestros, estaban en otra mesa. Yo inmediatamente, como un resorte, hice ver clara y enfáticamente mi juicio negativo de la situación relatada. Mi amigo abrió los ojos y con disimulo me hizo un gesto para que tuviera cuidado con esas expresiones intolerantes, puesto que mis hijos pequeñitos estaban oyendo.
Yo esperé un ratito, y comenté en voz alta que en nuestra familia queríamos estar bien claros de lo que era pecado y de lo que no lo era, y que queríamos aprender a distinguir claramente el bien del mal. Que no queríamos tomar el mal como bien ni el bien como mal, y que, cuando se trataba de cuestiones morales, que no andábamos con diplomacias ni tactos, porque se trataba nada menos que de ofensas a Dios. Que si algo era malo, lo decíamos del modo más claro posible, para blindarnos contra ese mismo mal.
Y enseguida agregué que lo que hacíamos era pedirle a Dios por esas personas, porque quizá no las habian educado bien, y que sabíamos que Jesús había venido al mundo a morir por los pecadores, y que nosotros también debíamos amar a los pecadores. Y que si al pecador le decíamos que lo que hacía estaba bien con tal de no hacerlo sentir mal, que lo estábamos prácticamente odiando, porque le estábamos impidiendo que alcanzara el cielo.
A veces mi hijita nos cuenta muy apenada de verdad que algunas niñas usan sus falditas muy cortas o se exceden en sus arreglos personales para parecer señoritas. Y es el caso que nosotros nunca le hemos dado enseñanzas explícitas sobre sus prendas de vestir, aparte de uno que otro comentario muy marginal. Sólo nos ha oído a mi esposa y a mí hacer los comentarios respectivos. Ella sola ha desarrollado su criterio de modo inconsciente por imitación. Y ella está entre las más populares de la clase. ¿Cuál peligro de la intolerancia?.
Entonces, a escandalizarse, a alarmarse y a dolerse de modo notorio y en voz alta delante de sus niños cuando sepan de comportamientos pecaminosos!. Que sólo así les podemos enseñar a ser tolerantes. No hay otra forma. Porque el relativismo moral no es tolerancia, sino que quizá, el único comportamiento que no debe ser tolerado. Los cristianos habrán leído: "porque no eres frío ni caliente, estoy por vomitarte de mi boca"
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario