Este es el primer tema que publico en el que comparto lo que estoy aprendiendo en el programa de posgrado en el que estoy ahora en el Instituto de Empresa y Humanismo de la Universidad de Navarra. Este curso se llama "Historia Social de la Familia en Occidente".
La historia del mundo no se entiende si no se recurre a las familias como clave de interpretación. La razón es que las relaciones familiares constituyen a cada individuo, y tienen carácter fundante en su personalidad. La historia la hacen los individuos, pero constituidos por sus relaciones familiares.
Decimos yo soy padre, soy hijo, soy hermano, soy esposo. Y todas estas son relaciones con otros, por lo tanto nosotros somos también nuestras relaciones. No somos solos.
Pero también decimos soy empleado, soy jefe o soy afiliado. ¿Cuál es la diferencia entre estas relaciones y las familiares?. Que todas las demás son sustituibles, menos las de la familia. Si se va un jefe o un empleado, en pocas semanas estará olvidado y allí no ha pasado nada. Pero si se va un hermano o una madre, no hay nada que pueda sustituir esta falta.
Las relaciones son una red, puesto que quienes se relacionan con nosotros, están relacionados entre ellos. Mi padre es el suegro de mi esposa, y ella es cuñada de mis hermanos.
Las relaciones se conciben como reales según su duración. Nadie refiere lo más intimo de sí mismo a una relación que no dura. Por tal razón, cuando se institucionaliza culturalmente el divorcio en una sociedad, significa que el matrimonio ya no es una relación fundante ni entre sí, ni para los hijos. Significa también que el cónyuge que más ponga en la relación es el que más tiene que perder. Este esquema incita a la actitud de tomar sin dar, y tiende a realizar aquello que teme. La imagen de una posibilidad real futura influye en el comportamiento presente.
Y ¿qué pasa cuando mueren el padre o la madre o uno de los cónyuges? que la causa de esta separación es natural, por lo tanto la persona fallecida sigue presente de modo virtual y la relación se queda intacta en su carácter fundante. Aun dentro del dolor, el recuerdo amoroso de un padre o una madre o un cónyuge fallecidos puede a veces dar tanta energía como la presencia real.
En cuanto a los sistemas familiares, hay varios, y el lenguaje que usamos para nombrar a los parientes influye en nuestra concepción de las relaciones. No es lo mismo un primo por parte de padre que por parte de madre, sin embargo usamos una sola palabra para ambos. En otras culturas llaman madres a las tías. Hay más de 200 relaciones de parentesco distintas, pero ningún sistema usa nombres individualizados para cada relación, sino que hace agrupaciones. Según cómo se nombren las relaciones se estima que existen en el mundo 7 sistemas de parentesco (no los hemos estudiado todavía).
No hay medida en las relaciones familiares porque son las personas mismas las que se dan. Cuando una madre le cocina al hijo una pizza de pepperoni especial para su cumpleaños, no es el valor de la pizza lo que le ha dado, sino su persona misma, y este don no lo puede pagar el hijo ni aún si le regala a su madre una fábrica de pizzas. No se puede pagar por lo que se recibe. Sólo queda dar también de la propia persona, sin medida. Sólo así la familia cumple su misión de constituir a sus integrantes, y, por transición, de fundar el mundo.
La energía de una madre amamantando a su hijo es la de una bomba atómica. Tanto como la de un padre pescando con su hijo.
Cuando transformamos a nuestra familia mediante el don de nosotros mismos, estamos transformando al mundo. Por lo tanto el individuo no es irrelevante para la gran historia.
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